De  elmundo

Vitolo señala al cielo tras retirarse del campo frente al Levante. SERGIO PEREZREUTERS

Aunque no lo parezca, hace sólo unos días que Vitolo (Las Palmas, 1989) cumplió un añito. En el ocaso de 2017 se dejó ver por primera vez en la grada del Wanda Metropolitano, junto a José Luis Pérez Caminero, entonces aún en el club. Y aunque han pasado muchas cosas y muchos episodios desde aquella tarde, para Simeone, Vitolo nunca ha dejado de ser un apellido esdrújulo: Vítolo. «Llegó con el entusiasmo de poder rendir. Por momentos, el entrenador no le hizo jugar; por momentos, tuvo lesiones… Ahora se está preocupando por mejorar», explicaba ayer sonriente su técnico, tras asistir al mejor partido del chico que le tuvo en vela un par de noches, durante aquel verano de 2017, cuando pareció perderle para su causa y acabó recuperándole gracias a su intensa capacidad de persuasión. Y, por supuesto, al sonoro desembolso de los 37,5 millones que figuraban en la cláusula que le había impuesto el Sevilla, confiando en que nadie le arrancaría del Sánchez-Pizjuán.

Frente al Levante, enamoró a la grada del Metropolitano con esos mismos encantos que le convirtieron en una prioridad casi obsesiva para Simeone. Sólo el VAR evitó que Koke hiciera buena su tremenda jugada. De su pausa y zancada, siempre controlada, salieron los argumentos más sólidos para que el Atlético acabase derribando a su rival. «Nunca se ha rendido en su objetivo de triunfar en Madrid», contaba a este periódico alguien muy cercano al centrocampista internacional.

Y así ha sido, a pesar de los cepos que se ha ido encontrando en este año de aventura como rojiblanco. Ya con sus mellizos Daniela y Thiago, de tres añitos, tan asentados en la capital como él. Esas trampas han llegado siempre en forma de lesiones. Y, además, en los momentos más inoportunos. Por ejemplo, en mayo, a las puertas de la final de la Europa League, para la que apuntaba a titular. Días antes, una lesión muscular le apartó del camino, aunque festejó su primer título rojiblanco como si hubiera pisado el campo. O, también, en agosto, tras ser vital en la prórroga de la Supercopa de Europa ante el Real Madrid (2-4), donde volvió loca la zaga blanca y regaló a Koke la sentencia en aquella noche mágica en Tallin. Sólo cinco días después, salía de Mestalla con la rodilla maltrecha y no volvería hasta noviembre.

Su balance con el Atlético es hasta ahora más bien discreto: 39 partidos, cuatro goles, otras tantas asistencias y un par de meses fuera por distintos problemas físicos. Ahora, además, compite también por un puesto como extremo con el francés Thomas Lemar, el fichaje más caro de la historia del club con los 70 millones pagados al Mónaco en verano. Tiene contrato hasta 2022, un salario notable en la plantilla (cinco kilos) y el favor de sus compañeros, que le han visto trabajar sin hacer apenas ruido desde su primer día, cuando llegó con timidez pero transmitiendo buen rollo. De eso hace ya un añito.

«Tiene ganas de trabajar, de jugar y tiene que demostrarle al míster que quiere más minutos», le alababa Juanfran. «No suele jugar (de titular) e hizo un partidazo. Hay que seguir así», proseguía el goleador Griezmann. «Nos da una pausa que sólo tiene Antoine», lo comparaba satisfecho Simeone, consciente de que del repertorio que esconde Vítolo pueden estar muchas de las opciones de este Atlético en una temporada que desemboca en el Wanda, donde se disputará la final de Champions (1 de junio).

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