De  El espectador

Uno de los aspectos más interesantes de los libros del historiador Yuval Harari es la importancia que este le concede a la ficción en los asuntos humanos: en la política, en las empresas, en las religiones. No es la verdad exacta, ni la legalidad perfecta, ni siquiera la conveniencia general lo que mueve al mundo: lo que realmente importa es qué cree la gente. ¿Quién es el presidente de Venezuela, Guaidó o Maduro? ¿Cuál es la narrativa que quieren creer los venezolanos? Da la impresión de que la mayoría de ellos le creen más a un presidente interino posesionado ante la Asamblea Nacional, que a un presidente elegido en unos comicios dudosos y juramentado ante el Tribunal Supremo.

Maduro, en sus últimas apariciones, no se quita nunca la banda presidencial, e intenta aparecer rodeado de militares, en el palacio de Miraflores y con el retrato de Bolívar al fondo. No puede permitirse estar rodeado de pueblo, pues las multitudes ya no lo aclaman, sino que lo abuchean. Guaidó, en cambio, es el dueño de las multitudes y de la calle. El chavista, el populista Maduro se atrinchera en los símbolos palaciegos oficiales. El supuesto usurpador del poder popular se baña de gente y va a la cabeza de manifestaciones multitudinarias que exigen la caída del tirano. Y en esas manifestaciones ocurre algo que es tan real como simbólico: brota sangre, hay heridos y muertos.

El presidente de la banda presidencial da órdenes, pero sabe que sus órdenes no pueden cumplirse. Si su poder fuera total, auténtico y legítimo, podría expulsar a la fuerza a los diplomáticos gringos, pero no se atreve; podría apresar al supuesto usurpador, Guaidó, pero sabe que tampoco le conviene en este momento; podría mandar a dispararles aún más balas a los manifestantes, pero corre el riesgo de que las milicias cambien de bando. El final de su gobierno será medido por la cantidad de sangre derramada. La sangre, repito, será a la vez real y simbólica. Eso que en el pasado común, las guerras de independencia, se llamó “la sangre de la libertad”, los sacrificios que sacaron a los poderosos de sus palacios de gobierno.

Cuando parecía que la situación de Venezuela se prolongaría como la larga agonía de un cáncer, de repente un buen invento, una buena ficción, un presidente interino, ha zarandeado la realidad y ha movido las masas: ahora el monstruo venezolano tiene dos cabezas y una de ellas va a ser cortada por la historia. Los culpables de la destrucción económica, moral y cultural de Venezuela deberían ser los defenestrados, pero la pregunta es si ellos se van a enfrentar ahora a la ficción ganadora (en el país y en el mundo) mediante el uso de la violencia, y si la policía y las fuerzas armadas le van a obedecer a la ficción en la que cada vez menos gente cree (no creen en la moneda chavista, no creen en los mercados chavistas, no creen en la producción petrolera chavista), o si más bien alguna parte de ellos va a apoyar el relato del cambio.

De lo anterior depende que se asista a una transición y cambio de gobierno sin violencia (la democracia se caracteriza porque los gobiernos se suceden y cambian de mano pacíficamente) o que una de las dos ficciones en conflicto tenga que imponerse por la menos ficticia de las soluciones: la eliminación de decenas, centenas o miles de adversarios. ¿Con intervención o sin intervención exterior? Tampoco lo sabemos. Pero a un Trump asediado por tantos problemas internos no le vendría mal un foco de atención en un lejano país de las Américas. Venezuela, en todo caso, no es Panamá, y una intervención así puede suponerse que sería muy traumática.

Como Venezuela dejó de ser hace mucho tiempo una democracia, la transición pacífica parece ser una predicción improbable. Al mismo tiempo, como el vecino país dejó de ser la mata del heroísmo desde hace 200 años, también es posible que ocurra un final de opereta. La realidad es casi siempre superior a la imaginación y a todas las ficciones.

Deja un comentario