De  elmundo

Vinicius felicita a Ceballos tras el gol de la victoria frente al Betis. CRISTINA QUICLERAFP-PHOTO

Solari sacó a Cristo esperando el milagro, pero el milagro lo hizo Ceballos y luego pidió perdón. Son gestos y nombres que alojan la vivencia madridista en una esfera religiosa, siempre entre el tormento y el éxtasis, entre el apocalipsis y la resurrección, entre Isco y Vinicius. De la primera vuelta de la Liga podemos concluir el infierno que vivió Lopetegui y el purgatorio por el que atraviesa Solari, con la fe puesta en el paraíso de la Champions. Pero no seremos como falsos mesías que predican una esperanza vana: reconozcamos que tocar el cielo está jodido este año.

La ventaja del purgatorio, como saben los teólogos, es que cumplido su plazo sólo se puede ir a mejor. Esa conciencia desesperada de finitud es la que convierte a Solari en un entrenador interesante: como sabe que está de paso, se atreve a subordinar la diplomacia a la libertad de decisión. Es como el político que emprende reformas profundas con el alivio que da no presentarse a las próximas elecciones. Luego obtendrá resultados o no, y si los obtiene igual hasta concurre a los comicios de verano y gana su continuidad.

Con esta libérrima actitud ganó Solari al Betis de Setién, cambiando el dibujo, entregando la iniciativa del juego con humildad, sentando a veteranos demasiado laureados y confiándose a leales reclutas que le ofrecen abnegación a cambio de minutos y una incierta promesa de gloria. No es un Madrid bonito, pero la belleza en Chamartín siempre ha cotizado menos que la victoria. El madridista ya sabe que no va a ganar la Liga: la satisfacción que aún le puede conceder Solari consiste en ver a esos jugadores obedeciendo órdenes marciales con el único fin de ganar otro partido. La disciplina es un exotismo en un vestuario habituado al desorden -la anarquía es una perversión que solo se pueden permitir los aristócratas-, y yo no digo que compense la distancia respecto de la cabeza de la tabla, pero al aficionado le hará más llevadera la travesía del desierto hasta la primavera, cuando en la sierra blanca se derriten los neveros de Europa.

El Madrid de Solari aún puede representar una etapa de expiación, de esfuerzo útil. Si sigue el argentino será porque ha logrado purgar los vicios que lastran a esta plantilla hasta hacerla competitiva. Si no, su sucesor recibirá al menos un equipo de jóvenes virtuosos que esperan pacientemente a su profeta del gol.

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