De  elmundo

Hace apenas un par de años había cierto debate entre especialistas sobre si la nueva gran figura de la canción flamenca iba a ser Rosalía o Rocío Márquez. Desvelado ya el misterio, y convertida Rosalía en la Lady Gaga del flamenco-pop, está claro que Rocío Márquez (Huelva, 1985) es la que sobrevivirá al bombardeo mediático y a la que, si nada se tuerce, seguiremos admirando dentro de 30 años, como una suerte de Carmen Linares del siglo XXI.

El disco que acaba de publicarse no es, en realidad, nuevo. Diálogos de viejos y nuevos sones es un proyecto que se estrenó en la Iglesia de San Luis de los Franceses, dentro del marco de la Bienal de Sevilla de 2016, y consiste en un experimento tan arriesgado, a priori, como impresionante a posteriori, de los que dejan flotando en el ambiente la pregunta de cómo no se le ocurrió hacerlo antes a nadie… Se trata, en definitiva, de fusionar el flamenco -género que, por mucho que se quiera alardear de raíz, tiene una existencia « breve » de menos de dos siglos de historia- con la llamada « música antigua » (fundamentalmente, del Renacimiento hacia los albores de la Edad Media). Para ello, el violagambista Fahmi Alqhai (Sevilla, 1976), director y fundador de conjunto de música antigua Accademia del Piacere, sedujo a la onubense hasta traérsela a su mundo. Aquel experimento en directo, avalado por el éxito obtenido en las más de 30 interpretaciones ofrecidas por todo el mundo en estos dos años y medio -desde el Auditorio Nacional de Madrid al Festival Mozart de Augsburgo (Alemania), pasando por el Festival de Ambronay (Francia)-, encuentra ahora su traslación fonográfica y los resultados no pueden ser más espectaculares.

La comparación, claro, no va por los derroteros de Lady Gaga o Rihanna. Van por otros terrenos… pensemos, por ejemplo, en Paco Cepero con la Orquesta Andalusí de Tánger o en María del Mar Bonet con las zanfonas de Luis Delgado… Este álbum zarandea los límites de las « músicas del mundo », para convertirse en las « músicas del Ministerio del Tiempo », en el que tanto caben interpretaciones de Monteverdi (Si dolce è’il tormento) o el Angelitos negros de Manuel Álvarez Rentería y Andrés Eloy Blanco (y popularizado por Pedro Infante y, sobre todo, Antonio Machín), pasando por el Cant dels ocells tradicional catalán o la sefardí A la una yo nací… ¡Y seguiriyas y peteneras! Elecciones de uno y otra, que él traslada a otra época y ella interpreta con una belleza mesurada.

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