De  elespectador

¿Sabemos de dónde vienen las cosas que vestimos? ¿Qué historia hay detrás de cada prenda? Nos hicimos esas preguntas y para respondernos, este especial. El panti.

Hugo Alejandro Díez Montoya

Viernes. Llegué a casa después de las 12 pm y justo recordé que había dejado mis pantis colgados en la cortina de tu baño, así que comencé a telefonearte, no fuera que llegara alguno de tus padres y los viera ahí, húmedos, en todo su esplendor; un hilo dental color kaki y transparencia atrás. Mientras esperaba en la línea a que contestaras, comencé a sentir mis cachetes calientes. Dime cielo, respondes. Yo te contesto con rapidez, sofocada: Podrías por favor retirar los pantis que dejé colgados en la esquina derecha de la cortina de tu baño, o ¿ya los vieron tus papás? Una risa maliciosa se escucha y un sonido de zapatos que chocan, eres tú dirigiendo los pasos a la escena del crimen. Aún están húmedos, dices y ríes de nuevo con malicia. No importa, quítalos de ahí, refunfuño. ¡Eso solo se te ocurre hacer a vos! Me contestas con el tono de alguien que sabe que está siendo injustamente regañado. Vale, perdón, pero quítalos, repito. Okey, me dices con desgana.

Martes. Regreso de visita a tu casa a eso de las cuatro de la tarde.  Me siento en uno de los sillones vino tinto de la sala. Espero que me des jugo de naranja para el calor de la tarde y después camino directo a tu escritorio, y ahí están los pantis kaki, enrollados en una esquina, tiesos. Me rio hasta que me duele el estómago y las lágrimas ya me han corrido todo el maquillaje. Pienso que fue mil veces preferible eso a que los hubieran visto tus papás o  alguna de tus tías abuelas, quienes los habrían mirado con impertinente asco y, tal vez, hasta se hubieran alcanzado a preguntar:  ¿Qué carajos hacen unas mini tangas colgadas en mitad de la cortina del baño?, o, ¿qué carajos cubren unas cosas como estas? Sin imaginar quizá, que el nacimiento de esa prenda se dió solo hasta el siglo XIX gracias a la esposa de Enrique II de Francia, Catalina de Médici, al enfrentarse al dilema de montar a caballo y dejar que vieran su vagina o encontrar con qué cubrirse para poder hacerlo. Antes de este episodio grabado en la historia, nada cubría esa parte íntima de la mujer, atiborrada desde el siglo XVIII entre telas y más telas que formaban enormes faldas con un armazón de metal debajo, y que daban la impresión de pastel de cumpleaños por ser tan repolludas.

El dato del Canal de Catalina, para hacer referencia a la línea vertical adentrada en nuestros muslos, fue el primer y más frecuente dato que encontré después de tomar tu pc prestado con la intención de saber, no muy interesada en realidad, sobre  la historia de los pantis, encontrando diversos artículos que partían desde la cultura Romana y Griega, donde usaban como protección una prenda  llamada subligaluae, que se envolvía alrededor de las caderas pero sin cubrir de igual manera el orificio vaginal ya que se consideraba necesitaba respirar para evaporar la humedad y los olores, hasta llegar a el año 2000 con las famosas brasileras, curiosamente involucradas también en épocas de la inquisición (1660), con la dramática historia de Yolanda Luccara, quien fue ejecutada en público por usar y promocionar la llamativa prenda, surgida del intercambio entre su esposo, el español Yáñez Iglesias, y el jefe de los cocheros de la isla donde habían arribado con su velero, que ofreció sus servicios al español a cambio del tejido de las velas de la nave para las mujeres de la isla, quienes cambiaron las conchas con las que cubrían sus partes íntimas, por diminutas prendas,  imponiéndose siglos más tarde en el medio oeste norteamericano donde reaparecieron como la versión mejorada del albañil, es decir, una figura femenina con pantalones descaderados y con una pequeña tanga con bordes de hilo.

Contrariedad o no, pensé mientras seguía leyendo uno y otro artículo, que los pantis son símbolo de liberación femenina, aunque tardaron casi 2000 años en hacerse indispensables en nuestras vidas. Es decir, antes de esto, la vagina andaba respirando placida los fríos de la mañana y huyendo de los azotes del calor de la tarde, sin importarle mucho lo demás, como sucedía en el Sur de los Estados Unidos, alrededor de 1900, donde las hilanderas que trabajaban sobre pisos de paja que recogían sus deposiciones menstruales, se opusieron (alegando que los olores que  nacían de ese lugar representaban fertilidad, atrayendo a los hombres que frecuentaban su sitio de trabajo) a la indignación de feministas como Mrs. Cooper, que intentó que llevaran ropa interior, para no tener que cargar con la angustia de unas piernas manchadas con parches rojos y largas líneas de sangre.

Sin embargo, después de sucesos como el de las hilanderas; en 1933 aparece un catálogo de Sears promocionando pantis diseñados para romper con el ideal de reloj de arena del siglo XVIII, pantalones altos y largos que prolongaban la espalda, conocidos como los calzones de la abuela, pasando a ser más cortos en 1940, época difícil a causa de la Segunda Guerra Mundial, que obligó a las mujeres a pensar más que en la sensualidad, en la comodidad, elaborando una especie de calzoncillos de seda más cortos y más sueltos que los hasta entonces usados. Regresando la vanidad más adelante, en los 50, con figuras como Marilyn Monroe, quien  impone de nuevo el panti como pieza esencial para las  féminas, al aparecer con bañadores de talle alto y demás prendas íntimas, sinónimo de  elegancia, pasando con el tiempo a otras actrices, deportistas, modelos, amas de casa… y así hasta nuestros días.

Contrariedad o no, los pantis seguirán adornando el cuerpo de las mujeres, haciendo juego con sus formas, llenandolas de color. Y me regañes o no,  y sienta pena o no mis pantis terminarán de nuevo en tu baño o en tu escritorio, imponiéndose, haciéndote imaginar, llevándote al siguiente paso y al siguiente después de verlos.

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