De  El espectador

Odiemos como si amáramos, odiando y amando de verdad, sin mezquindades, sin ruindad, buscando descubrir en el otro algo nuevo cada mañana, tomando del otro lo que sea digno de tomar, y sobre todo, odiemos como si amáramos con la grandeza de ser capaces de admitir cuán grande es el otro, porque es muy fácil sentir y dejarse llevar por los sentimientos, y muy difícil, casi imposible, valorar, ser capaces de decir, como decía Nietzsche: “La verdad, aunque haya que amar a nuestro enemigo y odiar a nuestro amigo”. Odiemos como si amáramos, con la humanidad, la sutileza, el detalle, la motivación, la razón y la destreza de los grandes amantes, y entendamos antes de cada batalla que no hay amores sin odio, ni odios sin amor.

Odiemos con un odio racional. Un odio frío, aunque parezca contradictorio. Un odio que surja del análisis, de la observación, no de los sentimientos, no de las pasiones. Odiemos a aquellos que les hacen daño a los otros, a esos que riegan la vida de resentimientos y que dividen y juegan a dividir, y son conscientes de que lo hacen. Odiemos a quienes con su odio visceral multiplican los odios del resto, y a los que se inventan enemigos para sumar adeptos. Odiemos a los que defienden sus propios intereses, y hablo acá de intereses en el sentido más abyecto del término. Intereses económicos, por ejemplo. Intereses de clase, intereses de poder por el poder, del poder para pisotear. Intereses de raza, de ascenso, de honores.

Odiemos a los incendiarios, porque detrás de un incendiario hay dolor e impotencia y muy poca razón, y son el dolor y la impotencia y la poca razón los que llevan al odio ciego, al odio destrucción porque sí. Odiemos en el sentido de despreciar, quitándole precio al enemigo, pero estemos seguros, antes de despreciarlo, de que está “a la altura del conflicto”, como cantaba Fito Páez. Odiemos con inteligencia, cuidando cada uno de nuestros pasos y eligiendo con paciencia cada una de nuestras armas. Odiemos con altura, como si amáramos, sin linchamientos públicos ni trampas, con una rosa en lugar de un puñal, para que el odiado tenga que agradecer la rosa por el resto de su vida. Odiemos con nuestra obra, texto, pintura, película o jardín, pero nuestra obra, porque en ella podremos vengarnos de quien queramos y como queramos, y con ella provocaremos tales dosis de envidia que no necesitaremos más armas para derrumbar a nuestro enemigo. Odiemos como si amáramos, porque en últimas, amar u odiar son dos caras de una misma moneda que se llama vida, y a veces es de plata, y a veces, de cobre. 

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