De  El espectador

Hace unos años lo escribí: en Colombia el peso de la guerra es tal, que no hay espacio para exigir sobre temas de fondo como la corrupción o las políticas públicas. El terror a esos forajidos de la selva nos llevó a un triste ejercicio de resignación por la clase política que teníamos, cada vez más fraudulenta, cada vez más descarada en la evidencia de estar allí solo para sacar adelante sus grandes proyectos privados y familiares.

Hace dos semanas, nos enteramos de que Julio Elías, el hermano del “Ñoño” entró a la Cámara de Representantes a reemplazar a Rosario Piedrahita, prima de Alejandro Lyons, exgobernador de Córdoba. El “Ñoño” está preso por ser uno de los alfiles en el escándalo de Odebrecht, y Lyons fue destituido e inhabilitado por ofrecerle dinero a Luis Moreno, el fiscal anticorrupción, en el sonado caso del cartel de la toga. El padre del exgobernador también está preso por lavado de activos y enriquecimiento ilícito. Y ahora, como Rosario, la prima de Lyons, tuvo bebé, entonces el que se queda con el sueldo de congresista hasta cuando ella vuelva, en junio, será el hermano del “Ñoño”, no importa que en enero, febrero y parte de marzo, el Congreso no opere.

Por varias décadas soportamos todo este evidente y descarado saqueo a cargo de políticos que terminaban yendo a la cárcel para ser sucedidos por esposas, hermanos, primos, que a su turno también iban a la cárcel para ser reemplazados por esposas, hermanos, primos, vecinos. Lo soportamos porque el monstruo de la guerra (y de la indiferencia) era tan espantable que terminaba siendo mejor, o menos peor, ver a los Name, a los Gerlein, a los Guerra Serna, los Guerra Tulena, los Santofimios, en esos cargos que a “Tirofijo”, “Jojoy”, o “Gabino”.

Eso lo entendió desde siempre Álvaro Uribe, y cabalgó ocho años omnipotente y orondo sobre esas realidades; por eso hizo una guerra pero no quiso concluirla. Se vino el proceso de paz y el hombre se asustó tanto que luchó con patas y manos, arañazos y escupitajos, para que la paz no pudiera ser. Y lo logró a medias. Él siempre ha sabido que su predominio, su oportunidad, su presencia tutelar es solo posible en un país bajo la esquizofrenia de un conflicto armado, uno donde se amontonen los muertos y se oiga un rechinar de dientes la mayoría del tiempo; uno sin tiempo, ni ánimo ni actitud para hacer llamados a responsabilidades, ni a rendiciones de cuentas, porque allí él siempre será la opción “menos pior”. Menos horrible Uribe que Chávez, eso lo admito, aunque Colombia nunca ha estado a las puertas de tener un Chávez. Y un Maduro, menos.

Explica Marvin Harris en ese texto formidable que es “Vacas, cerdos, guerras y brujas”, cómo el diablo medieval fue una de las mejores invenciones políticas de los europeos, y cómo les sirvió a los príncipes, reyes, cardenales y papas, durante varios siglos, para esquivar sus responsabilidades y no ser requeridos ni exigidos por el pueblo. Así, cualquier peste, inundación, accidente, siniestro, era obra del diablo y no de faltas de previsión de los gobernantes o de malas políticas públicas.

En este casi par de años de paz a medias, por primera vez empezamos a movilizarnos contra la corrupción y tuvimos casi 12 millones de votos, marchamos estudiantes y maestros por los evidentes recortes a la educación pública (no por sueldos ni gabelas), logramos más de 300 mil firmas para que Alejandro Ordóñez no fuera embajador en la OEA, convocamos manifestaciones contra un fiscal mañoso y con libretos ocultos, y lo pusimos en un mal momento. Llevamos contra las cuerdas a un presidente bisoño, abrumado por el cargo, medroso y tambaleante. En fin, el espejismo de un país diferente.

Pero entonces vino el cimbronazo terrible de la bomba en la Escuela General Santander, con la muerte de veinte muchachos inermes, que los medios de comunicación presentaron además como “héroes”, y el fiscal pudo mostrar resultados en pocas horas, y el Ministro de Defensa se cuidó en darle mucho crédito en las ruedas de prensa, y Duque salió empoderado de una nueva actitud de hombre fuerte, y El Tiempo lo aplaudió en una noticia (en una noticia, no en un editorial) para decir que se había mostrado como “un líder con carácter, con decisión”, al pedirle a Cuba que entregue a los bandidos del Eln, aunque existan unos protocolos bajo observación internacional que no lo permiten.

Creo que un sector mayoritario de las Farc ya entendió eso de que la guerra siempre fue una enorme torpeza porque legitimaba y exoneraba de culpas y responsabilidades a las clases dirigentes de este país; cada bombazo los fortalecía y los enquistaba más en sus posiciones de privilegio, mientras los ciudadanos perplejos e inmóviles, callábamos. Dejábamos pasar. Y adicional, alimentábamos un odio consciente por la barbarie guerrillera y uno inconsciente por su torpeza. Por eso, cuando las Farc se midieron políticamente y se dejaron contar, su derrota fue estrepitosa.

Hoy creo más que nunca que el Eln va a ser barrido con toda la sangre y el plomo que se pueda usar; recogido por la historia y escasamente llorado. Se lo ganaron.

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