De  El espectador

Emmanuel Macron finalmente entendió el profundo malestar, la rabia ciudadana que sin distingos sociales o ideológicos durante semanas literalmente incendió las calles de París. Fueron llamas que lo obligaron a bajarse de un pedestal monárquico y soberbio al cual se había subido desde la noche misma de su triunfo cuando lo celebró en un acto en la Explanada del Palacio del Louvre, en medio de un juego de luces centrado en su figura solitaria, dirigiéndose a sus conciudadanos a quienes empezó a ver y a tratar como sus súbditos.   

Macron presidente resultó bien diferente del Macron candidato que sin populismo y sin renegar de su origen burgués construyó en pocos meses un movimiento, En Marcha, para acceder al  poder por fuera de los desgastados partidos tanto de centro izquierda como de centro derecha, y atajar la derecha nacionalista y xenófoba de Marine Le Pen. Un movimiento con un líder renovador que convocó directamente a los ciudadanos para sobre la marcha darle un revolcón a una política esclerosada, capturada por la política partidista y sus caciques, y cada vez más alejada del ciudadano común, en un país con una economía y una institucionalidad estatal igualmente esclerosadas, que pedían a gritos un cambio.  En ese entorno de crisis y de búsqueda de salidas irrumpe triunfalmente Macron y su movimiento ciudadano.

En estas semanas turbulentas los franceses les han dado una bofetada al presidente y a su gobierno, obligándolos a descender de las alturas de la soberbia monárquica para regresar al llano de la democracia de donde habían surgido. Macron finalmente y en medio de las llamas entendió que, como lo planteó en carta que les envió esta semana a los franceses, “en un período de cuestionamiento e incertidumbre como el que estamos atravesando, debemos recordar quienes somos”. Parte de reconocer la insatisfacción y el enojo ciudadano existente para invitarlos a participar durante dos meses en un gran debate nacional, durante una especie de tregua, pues “si todos atacan a todos, la sociedad se deshace. Para que las esperanzas dominen los temores, es necesario y legítimo que enfrentemos juntos las grandes preguntas sobre nuestro futuro. No estaremos de acuerdo en todo, es normal, es la democracia. Pero al menos mostraremos que somos personas que no tememos hablar, intercambiar, debatir”.

La humildad republicana a la que debió acogerse el presidente francés le permite hoy reencontrarse con sus planteamientos como candidato. En la carta citada reconoce que “el período que está atravesando nuestro país demuestra que debemos dar más fuerza a la democracia y la ciudadanía”. Dos meses para un gran debate nacional realizado a nivel de localidades y municipios con la participación activa de los alcaldes en la organización de los debates regionales y en la recepción en los concejos municipales de las propuestas y reivindicaciones de los ciudadanos, complementado con el uso del internet (www.granddebat.fr). En las dos últimas semanas se organizarán conferencias ciudadanas regionales con  participantes elegidos por sorteo, encargadas de precisar las principales conclusiones y de formular propuestas concretas para estudio del gobierno. El debate ha de servir  para construir un nuevo contrato nacional y estructurar la acción del gobierno y del parlamento. El presidente galo aprendió la lección y le ha quedado claro que constantemente se le debe pedir a la gente su opinión, haciendo más activa la participación ciudadana y más participativa la democracia.

En medio de todas las diferencias entre Francia y Colombia, sin embargo ambas democracias comparten un agotamiento de su organización política y la necesidad de que esta sea sacudida, aireada y renovada. Francia hoy nos enseña que esto no es posible en recintos cerrados, entre acuerdos y componendas, sino a la luz del día, frente a un ciudadano movilizado con mucho para aportar. Viendo las posibilidades de renovación que muestra la democracia francesa, es pertinente preguntar por la suerte de una propuesta fresca, renovadora y cargada de posibilidades para transformar nuestra deforme democracia que con motivo de su elección hiciera Iván Duque, el Pacto por Colombia; sin duda, ese sería el mayor y más urgente aporte de su gobierno al país, que no puede quedar reducido a una fórmula ritual en el Plan de Desarrollo o en la exposición de motivos de alguna ley. La suerte política de Duque y su posibilidad de dejar una impronta en el desarrollo de la sociedad y la democracia colombianas dependen de lo que él decida respecto a su cacareado pero necesario pacto. Emmanuel Macron le está mostrando el camino.

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