De  elespectador

La casa en la que crecí estaba invadida por mujeres. No es posible decirlo de otra manera. Recuerdo tener 4 años y despertar en las mañanas, preguntar por Mamá y sentir a la Nona hablar en la cocina. Ella hablaba con su vecina, y por teléfono, de vez en cuando, con alguna de sus hijas, mis tías. Recuerdo verla frente a su máquina de coser, con hilos sobre el regazo y un lápiz en medio de los labios. Era una tejedora, una que tejía vestidos.

Pienso en aquellos vestidos que lucían mi madre y sus hermanas en fotografías tono sepia. Pienso que todos esos vestidos, o por lo menos la mayoría, los hizo la Nona, frente a su máquina. Pienso, yo pienso, que de algún modo todos hemos tenido que ver con algún vestido. Y es cierto, el accesorio no hace alusión al género femenino, exclusivamente, tampoco a los vivos. Los hombres también usamos vestidos y, eventualmente, los muertos igual.

La palabra en español deriva del latín vestitus, que se refiere a la prenda (o conjunto de ellas) que utilizamos para cubrir nuestro cuerpo. Es común, entonces, que todos acudamos a la palabra con frecuencia. Por lo general, la aplicamos a prendas refinadas que usamos en ocasiones especiales. « Compraré un vestido para la boda de mi amigo », « Necesito saber si aún te queda el vestido que usaste cuando tu padre murió », « Usaré el vestido que me obsequiaste para mi cumpleaños ». Estas suelen ser nuestras frases. El vestido, a través de los años, ha pasado a ser un objeto de mercado, de uso momentáneo, un tanto líquido. Al igual que muchas otras cosas en nuestros días. De repente, tenemos de 3 a 4 vestidos en nuestro guardarropa, y no usamos ninguno por la simple razón de que ya no se verán bien, de que ya no nos veremos bien. ¡Cuán vanidosos podemos llegar a ser! ¿Cuándo fue que el uso del vestido comenzó a obedecer a intereses tan banales?

Regresemos atrás por un instante. En Escocia, por ejemplo, los hombres que usaban vestido, debían su atuendo a causas militares y a un motivo ideológico que defendían a capa y espada, literalmente. Los llamados highlanders, rebeldes herederos de los primitivos pueblos celtas, eran pobres, orgullosos y adoradores de la guerra, siempre en busca de querellas. Hacia finales de la década de 1746, el gobierno de Londres decidió acabar con el estilo de vida de estos rebeldes, y empezó por erradicar los símbolos que definían su personalidad, entre ellos, su forma de vestir.

La vieja indumentaria escocesa no tenía nada que ver con el modelo elaborado que conocemos actualmente. La falda de cuadros era en realidad algo mucho más primitivo. Se trataba de una pieza de tejido de lana que se ataba a la cintura por la mitad; la parte superior se echaba sobre los hombros como una capa (plaid), y la inferior formaba una especie de falda (kilt), dejando desnudas las pantorrillas. Si lo vemos bien, es un burdo vestido con características muy prácticas, teniendo en cuenta el clima de Escocia. ¿Cómo fue que ese concepto de vestido varió de tal forma hasta llegar a lo que hoy es? La respuesta es incierta. 

Algo muy similar sucede en el antiguo Egipto, lugar en el que los hombres y mujeres vestían de acuerdo a su posición social. A pesar de no ser estrictamente necesario, o tal vez precisamente por ello, en las últimas dinastías el vestido tomó una importancia superior incluso para las clases más populares. Los hombres y mujeres vestían túnicas que, dependiendo de su color o de la calidad del tejido, daban cuenta de su posición en la esfera social. Los faraones lucían las mejores prendas, acompañadas de piezas de oro; las mujeres que tenían acceso a los lujos, llevaban una túnica tubular, sin costuras, ceñida al cuerpo, que realzaba cada curva desde las costillas hasta los tobillos, y podía sostenerse con ayuda de dos tirantes. Los hombres usaban una prenda muy parecida a una falda que les llegaba hasta los tobillos y quienes podían hacer alardes de su fortuna, llevaban puestas unas sandalias. El torso iba desnudo y a no ser que ocuparan una posición alta en la esfera social, o hicieran parte de los ejércitos del faraón, utilizaban un turbante sobre la cabeza que se extendía casi hasta los hombros. Quienes no poseían ningún tipo de riqueza, vestían ropajes más simples, fundas en piel o tejidos muy sencillos. Los esclavos tan solo llevaban puesto un harapo. La vestimenta para ellos representaba una extensión de su personalidad, de su estilo de vida e iba mucho más allá de la simple acción de vestir.

Es evidente que a lo largo de la historia el uso del vestido ha ido evolucionando, no solo a nivel estético, sino también en lo que corresponde a los constructos culturales que hay detrás. Pensemos un poco en la Europa de inicios del siglo XIX y mediados del XX. Sus prendas debían obedecer a fines estéticos, pero también climáticos. Una persona no podía usar el mismo tipo de ropa durante todo el año. No porque no fuera posible, sino porque el mismo entorno les exigía hacerse de nuevas prendas. Esto, acompañado del deseo por verse más elegantes, comenzó a constituirse como un fenómeno circunstancial en su modo de ver el mundo. Hoy en día las cosas son distintas.

El vestido representa un lenguaje particular a través del cual permitimos a los otros obtener información acerca de nuestros gustos y maneras de ser. La moda, a decir verdad, funciona en términos físicos. Se crea y se destruye constantemente, se encuentra en perpetua transformación por las necesidades de la sociedad, pero no sólo para generar más consumo o sugerir nuevas necesidades, sino porque el ser humano, debemos aceptarlo, siempre está a la expectativa de cosas nuevas y mejores.

Pero, volvamos atrás. Esto comenzó como una anécdota. La Nona tejía los vestidos para todos, y quizá exagero, pero es lo que a esta altura recuerdo, o quiero recordar. Una generación entera, fruto de la crianza de cinco hijos, ha utilizado alguna de las prendas que sus manos han tejido. Incluso los objetos de la casa se han visto beneficiados. El mantel sobre el comedor, el bordado con flores que decora la mesa de centro, y los otros tres que están sobre la tornamesa, el televisor y las mesas de noche, las fundas para las almohadas, los pie de árbol para la Navidad, los tapetes de la entrada, y los que se encuentran en el baño, los adornos amarillos para recibir el Año Nuevo, o las prendas de lana para usar ante la llegada de los vientos en agosto.

Cuando cumplí diez años y me preparaba para recibir el sacramento de la comunión, la frase que más escuchaba era: « Hay que comprar el vestido ». La expectativa era mayor por el vestido en sí que por la circunstancia misma. Algo muy parecido ocurrió cuando mi hermana cumplió 15 años. Parecía que el vestido era lo más importante del mundo. ¿Por qué? Si bien la Nona no tejió ninguno de estos dos, participó activamente en las decisiones que los rodeaban. Era el vestido la razón por la que nos congregábamos durante horas, a lo largo de varios días. El vestido hacía parte de la vida y, de algún modo, parecía sugerir el destino de la misma.

Recuerdo momentos en los que me sentaba a escucharla hablar mientras tejía algo, lo que fuera, esperando que surgiera una prenda que pudiera alegrar a alguien, que sirviera para pedir perdón, para brindar apoyo, para acompañar, o simplemente para obsequiar. Sus manos parecían estar tocando las teclas de un acordeón, mientras sostenía esas enormes agujas de color blanco. Y era como si aplaudiera, como si de verdad lo disfrutara. Tejía para casi todo. Si nacía un bebé, si moría un pariente, si alguno de nosotros crecía más rápido de lo normal, o si nos quedábamos pequeños; si nos sentíamos felices, si nos sentíamos tristes; si nos íbamos de viaje, si nos quedábamos en la casa; si esto, si lo otro.

Una vez, alguien le pidió el favor de que le ayudara a tejer los atuendos que usarían las mujeres en la boda de una persona muy importante. Yo pensaba que se trataba de alguien de la realeza, pero no era así, aunque casi. La mujer que se iba a casar era la esposa de un ministro de gran nombre en aquella época. La Nona no vio inconveniente alguno y se puso a trabajar. La recuerdo volcada ante la máquina de cocer, durante extensas jornadas, pensando en qué diseños eran más adecuados, midiendo allí, midiendo allá. Se levantaba de vez en cuando, iba a la cocina, preparaba de comer, y volvía a trabajar. Cada tanto iba una mujer a verla y se probaba algunos de los vestidos. Entre las dos comentaban si era muy grande, o si era muy chico; si debía ajustarse la parte del torso, o dejarse más suelta; si la tela azul era más conveniente para la ocasión, o la de color salmón, si debía llevar encaje, si debía ir abierto, ajustado en la cintura, o con pliegues en la parte de arriba; si debía llevar mangas o no, si debía ser, si no debía ser; si esto aquí, si esto allá.

Fueron casi tres meses de trabajo hasta que dio con las prendas correctas. Llegaron dos autos negros a la puerta de la casa y tres hombres de chaleco para llevarse los vestidos. Los cargaban como si se tratara de laminas de hielo. Entraron y salieron de la casa varias veces. Se llevaron todo. La mujer le pagó a la Nona por su trabajo y le dijo que estaba muy satisfecha. Ella no cabía de la dicha. ¡Su sonrisa era enorme! Aquellos fueron días agradables.

Una vez, años después, ojeaba una revista vieja y en las fotografías de las últimas páginas reconocí los vestidos de la Nona, puestos sobre aquellas mujeres. Posaban todas frente a la cámara, al lado del novio y la novia. Eran tantísimas. Creo que alcancé a contar un total de veinticinco. ¡Veinticinco! Esa había sido la cantidad de vestidos que la Nona había tejido a lo largo de esos meses.  En ese momento, entendí la importancia del concepto. No se trata de lo que se lleva puesto, sino de lo que representa para uno. Recordar estos momentos, recordarla a ella, ahora que no puede mover sus manos como antes, es de lo más maravilloso. De alguna manera, mi memoria es el vestido que ella nunca planeó tejer, pues se extiende a lo largo de su figura y la cubre, la seguirá cubriendo hasta el último momento.

La casa en la que crecí estaba invadida por mujeres. No hay otra forma de decirlo. Pero fue solo una de ellas la que se me quedó grabada en la memoria. Esa es ella, mi Nona, la tejedora de vestidos.

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