De  El espectador

Nunca se podía saber qué pensamientos se ocultaban detrás de esos ojos pequeños y vivaces, de pupilas gris metálico. Juan XXII, uno de los papas que por encargo de Dios gobernaría los vastos dominios del Señor, fue elegido por su edad. La gran mafia de prelados lo elevó a tan alto cargo de representante de Cristo en la Tierra porque era viejo y pronto moriría. En el mientras tanto, cardenales, obispos y arzobispos pensaron que podrían hacer lo que se les viniera en gana.

Sin embargo, la vida es una caja de sorpresas. Este papa arregló el desastre de las finanzas de la Iglesia, simplemente evitando los despilfarros. De esta manera pasó de ser un ente deficitario a tener ingresos que enriquecieron su tesoro.  Así mismo, no le tembló la mano cuando en una ordenanza papal prohibió que los mandamases de la Iglesia, especialmente en España, tuvieran concubinas, una práctica común con mujeres no cristianas. Les dio poco tiempo para que acabaran con esas relaciones non sanctas o de lo contrario sus bienes serían confiscados.

Esto cayó como un rayo salido de una tormenta de emociones que originó la visita de un representante de los altos prelados para que intercediera y se lograra parar esta orden papal.

–Su santidad, entiendo perfectamente vuestras razones para acabar con esta costumbre, pero os ruego tomar en alta consideración que al salir de estas pobres mujeres quedarán en la calle, sin ninguna protección para conseguir albergue y comida.

En mitad de la conversación fueron interrumpidos por un correo quien, después de arrodillarse y pedir cien mil excusas, le informó al papa que se trataba de entregarle una misiva proveniente directamente de la reina de Inglaterra, Isabel de Francia. La carta venía con el mismísimo sello real.

Desde pequeña, Isabel de Francia mostró los rasgos de una mujer bella. Educada bajo el tutelaje de su padre, el rey de Francia Felipe IV, llamado “el hermoso”, fue creciendo para ser reina, pero de ahí en adelante su historia se convirtió en una radiografía de un momento histórico en la Europa de aquel entonces, es decir, en el siglo XIV. Convertida en reina de Inglaterra por su matrimonio con Eduardo II, el pueblo anglosajón la llamó “la Loba de Francia”.

“Santo y venerado padre de todos los cristianos –comenzaba el documento–, me he atrevido con toda humildad a pedirle su ayuda como mujer cristiana con fe en vuestros designios. Me veo obligada a confesar mi tristeza y desolación por mi unión con el rey y a pedir su ayuda para salir de Inglaterra y volver a mi tierra natal donde mi hermano, Carlos IV, rey de los franceses, me acogerá. Mi esposo, Eduardo II, no está interesado en tener una mujer, pues ha encontrado consolación en sus amantes, quienes han tenido la mano libre para enriquecerse y hacer del gobierno del reino un insulto para los súbditos. En secreto de confesión os digo que el rey, para cumplir sus deberes conyugales, entró en mi habitación junto con su amante, Hugo Despenser, obligándome a ser testigo de su macabra exhibición de caricias, para luego salir y pasar la noche con él.”

El Santo Padre, con una claridad de hombre que conocía de reinos y de poder, con la larga mano del papado logró arreglar entre los poderosos para que Isabel se dirigiera a Francia con la “intención” de mejorar y fortalecer el tratado de paz entre Francia e Inglaterra, lo que no era otra cosa que una disculpa para efectuar el viaje.

Isabel estaba aburrida y ultrajada por las circunstancias matrimoniales. Madre de cuatro hijos, mantenía un cuerpo esbelto y atractivo. El viaje de reencuentro con su tierra natal fue despertando su espíritu gracias al sol que la brumosa Inglaterra no tenía, a los árboles y el verde fresco de la vegetación, y al horizonte claro que invitaba a sentir la frescura del amor y su sensualidad.

Rogelio Mortimer, perteneciente a una rancia e importante familia inglesa, hizo parte del grupo de nobles rebeldes que se enfrentaron al rey Eduardo II de Inglaterra. Fueron derrotados y encarcelados en la Torre de Londres, de donde nadie escapaba. Mortimer fue una de las excepciones. Logró fugarse en 1323 y llegar a Francia, donde se  instaló. El destino no es planeado: su encuentro con Isabel, la mujer que sería dueña de su corazón, fue casi fortuito. Su relación fue tomando forma. Dada la cercanía mutua, facilitada por la libertad que tenían en Francia, él decidió confiarle su deseo de unir más sus corazones, de asegurarse mediante un rito la unión eterna entre los dos. Sin mediar palabra desnudó su pecho y se hizo una pequeña incisión por donde brotaron gotas de sangre y en la soledad de la habitación invitó a su amada a hacer lo mismo. Isabel de Francia, sin pudor y segura de su atadura indisoluble con Lord Mortimer, desnudó sus senos y con gran delicadeza se hizo también una pequeña incisión por donde brotó la sangre. Sellaron su vínculo con  un abrazo que tenia y la fuerza del amor sin cadenas.

La historia y la leyenda no fueron benévolas con sus protagonistas. Hay algunas que cuentan que Eduardo II de Inglaterra murió empalado con la anuencia de la reina y de Mortimer, quien a su vez tuvo actitudes que mostraban su ambición de ser rey. Finalmente Eduardo III, el hijo de Isabel y Eduardo II, destronó a su madre del poder y, sin perdonar a su amante, lo mandó ejecutar. La reina no pudo consolarse a partir de ese momento. Rogó a su hijo que perdonara la vida de Mortimer, pero este no dio su brazo a torcer.

Fuente de información principal: Escritos de Maurice Druon, gran escritor de la novela histórica de Francia, además, miembro de la Academia Francesa.

You Tube:

El Palacio de los Papas en Aviñón. El Vaticano y Roma desaparecieron de la faz eclesiástica con Aviñón pero finalmente la curia Romana volvió a insistir que el Vaticano debía estar en Roma y lograron ganar el pulso a otras facciones, especialmente francesas.

https://youtu.be/o_gBq153nIY

Que tenga un domingo amable.

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