De  eltiempo

Aunque el desenlace de la gravísima crisis venezolana está pendiente, lo ocurrido en estos días arroja una luz de esperanza sobre las posibilidades de acabar por fin con el criminal régimen chavista. La proclamación como presidente interino de Juan Gerardo Guaidó, la cabeza de la Asamblea Nacional –Poder Legislativo, que tras las elecciones de fines de 2015 quedó en manos de la oposición–, no es un capricho del joven dirigente que saltó este mes al escenario. Es el intento más serio y consistente que ha habido hasta ahora por sacar del poder a la corrupta dictadura de Nicolás Maduro y sus secuaces.

Con sus 35 años, Guaidó no solo ha refrescado el liderazgo opositor –desgastado por la represión oficial y las peleas internas–, sino que ha devuelto a las calles a millones de venezolanos indignados con el gobierno que llevó el país a la hecatombe, y que, cansados de batallar, habían caído en el desaliento y la inacción. Pero Guaidó no solo se abrió un enorme espacio en el interior de Venezuela: en cuestión de días, obtuvo un importante respaldo internacional que llevó a Estados Unidos, Colombia, Brasil, Argentina y una docena más de países americanos a reconocerlo como legítimo gobernante interino, gracias a una maniobra en la cual el presidente Iván Duque jugó un papel clave que, de paso, le devuelve a Colombia parte del liderazgo perdido en la región en este siglo.

Nada de esto quiere decir que Nicolás Maduro esté a punto de caer. La Unión Europea, tan timorata como suele serlo, se ha limitado a un llamado al diálogo, en consonancia con el papa Francisco, que ha resultado más bien tolerante con los pecados de los regímenes izquierdistas. Y, claro, Rusia, China, Irán y otros de la misma calaña han salido a respaldar al sátrapa bajo cuyo mandato la pobreza se duplicó en Venezuela, la tasa de homicidios se disparó hasta triplicar la de Colombia, la inflación alcanzó 2,5 millones por ciento y las más elementales garantías democráticas desaparecieron. Más de 2,3 millones de venezolanos salieron del país, cerca de un millón hacia Colombia, para escapar de tanta desgracia.

Tras varias jornadas de silencio, la cúpula militar, encabezada por el ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino, cerró filas el jueves en torno a Maduro. Pero también llamó al diálogo, y durante las marchas opositoras de esta semana fue notorio que los uniformados se abstuvieran de reprimir a los manifestantes, como si los militares, alentados por la oferta de amnistía que les lanzó Guaidó, hubiesen comenzado, a pesar de las declaraciones del alto mando, a bajar su apuesta por el régimen chavista.

Lo anterior no quiere decir que la represión esté descartada. Los comandos paramilitares del chavismo, que desde hace años matan impunemente en las calles, y la inteligencia cubana, que vigila cada brigada y cada batallón, siguen activos, como lo demuestran los 26 opositores asesinados esta semana. Mientras los generales –muchos de ellos con los bolsillos llenos por la rampante corrupción– sigan, aunque sea de modo tímido, del lado de Maduro, la dictadura va a aguantar.

Pero ni Maduro ni su a veces aliado y a veces adversario en el chavismo, Diosdado Cabello, deben estar durmiendo tranquilos. Gobiernos europeos como el de España han hecho saber que si Maduro no convoca elecciones bajo supervisión internacional, la UE reconocería a Guaidó. Mientras tanto, se agrava el desastre económico, social y de violencia que la incompetencia y la corrupción del régimen han causado, y todo eso empeora las opciones de Maduro. Atrincherado en el Palacio de Miraflores, el dictador luce más débil que nunca, pero todavía resiste y está en capacidad de hacer mucho daño y de causar muchas más muertes.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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