De  elpais

Benzema y Kroos disputan el balón con Marc Roca y Melendo. ALBERT GEAREUTERS

Sé de madridistas que, al término del lujoso recital de Benzema contra el Español, apagaron apesadumbrados la tele y se pusieron a contar los días que faltan para que el mismo tío sin sangre por cuya cesión al Huesca clamaban en verano vuelva a darles la razón con un par de fallos a puerta vacía y una patente ausencia de esas carreritas tribuneras con las que se adula el gusto pervertido de la plebe por ver sudar a millonarios en gayumbos. En esto consiste el idealismo invertido del pipero: en preferir que el Ajax gane al Madrid antes de reconocer que el fútbol de Benzema es infinitamente más valioso que sus opiniones.

Benzema es un futbolista de estrella Michelin, y por tanto nunca gozará de la universalidad que Camba otorgaba a los escritores estúpidos: «El escritor que se dirige a la inteligencia de los lectores reduce su público ipso facto, porque la inteligencia tiene formas muy diversas, y porque solo la estupidez posee siempre un carácter uniforme. Hay muchas maneras de entender las cosas, y solo una de no entenderlas. Hay muchos modos de tocar el piano, pero no hay más que un modo de no saberlo tocar».

Karim se sienta al piano un domingo cualquiera como un virtuoso dispuesto no tanto a divertir al público como a sí mismo. Y ha entendido que la forma más segura de no aburrirse es ponerse a dirigir personalmente la orquesta. No siempre la orquesta le obedece; o no siempre está tan afinada como él; o no siempre él está tan afinado como la orquesta. Pero cuando todos los elementos se alinean uno asiste a armonías extraordinarias. Si la música es una aplicación de las matemáticas, el segundo gol de Benzema en Cornellá expresó el acorde exacto al interior del palo largo que el espectador esperaba desde el principio de la pared con Vinicius. Nuestro 9 con alma de 10 se rebela contra las posiciones prefijadas, crea combinaciones inéditas y se mueve al ritmo de una inspiración que solo al final revela su sentido; y esa correspondencia perfecta entre intención oscura y ejecución clara depara una clase de placer que vamos a agradecerle siempre.

A Benzema los paladares groseros -esa gente que come para quitarse el hambre- le han reprochado siempre falta de gol. Pero al margen de que el francés ya haya igualado en goles a Hugo Sánchez, lo de Karim nunca fue apatía goleadora sino exceso de generosidad; con sus compañeros, sí, pero sobre todo con nosotros: su público de ópera en sofá.

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