De  elpais

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se abrazan durante el congreso de Vistalegre de febrero de 2017. JAVI MARTÍNEZ

La madrugada en que mi madre murió, mi amiga Montse se despertó de un repullo. Dormía junto a su marido y se desveló inquieta, pensando en mí. Cada vez que lo recordamos, me dice que debió de ser sobre la misma hora. Doce años después, sigue creyendo que el amor que me tiene la avisó, como si ese sentimiento fuera una fuerza sobrenatural que nos une. Siempre me conmueve verla tan convencida, siempre quiero creerla.

Ese vínculo que despertó a mi amiga es la amistad verdadera, aquella que trasciende el interés y los likes, que sobrevive a los años, a los éxitos y a los fracasos. Me quiere tanto y estaba tan preocupada por mí, que ni siquiera dormía bien. Donde ella ve magia, yo veo amistad.

No podría vivir sin mis amigos. Soy consciente de lo manido de la frase, pero es la verdad, para mí son tan importantes como mis hijos. La única diferencia, la radical, es que mis hijos me dan miedo y mis amigos no. Por eso quizá el amor maternal lo siento más dramático, porque desde que los traje al mundo soy cautiva de ese temor.

Tengo un puñado de buenos amigos, algunos llevan media vida conmigo; a otros los conocí de adulta. Y da igual lo que hagan, nunca nada es lo suficientemente malo como para que ese amor se achique. No hay pelea posible que nos distancie, porque cuando quieres así a alguien, no hay lugar para el rencor. Es la «amistad de los buenos» de Aristóteles, la que va más allá del interés o del placer, la que se basa en el amor, la bondad y la generosidad. No es infantil ni adolescente, sino madura y profunda, capaz de hacerte mejor persona. Si tienes amigos así, sabes bien de lo que hablo.

La generación de mis padres se crió venerando a la familia. La mía, a los amigos. No veo la necesidad de idolatrar la institución familiar y pedir consejerías para salvaguardarla no se sabe bien de qué. La familia está a salvo en España, la amistad no tanto. Puesta a reivindicar, reivindico un Ministerio de la Amistad. El problema es que pocos políticos tienen cara de tener buenos amigos.

Si diéramos más importancia a esa amistad, la distinguiríamos de lo que es sólo un sucedáneo. Veo a Pablo Iglesias y a Íñigo Errejón y no me los creo, ningún «buen amigo» acaba así. Una pareja sí, ese amor es otra cosa, mucho frágil y egoísta. Pero dos amigos de verdad, «de los buenos», no terminan como los de Podemos. Esa amistad nunca fue cómo nos contaron.

@LolaSampedro

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