De  eltiempo

La naturaleza produce excepcionalmente animales de dos cabezas, pero el hombre ha sido pródigo en inventarlos en figuras míticas como la hidra, la quimera y el can Cerbero. Acá, el uribismo está intentando poner a funcionar otra de estas criaturas: el gobierno bicéfalo.

Muchos nos temimos que el poder detrás del trono estaría anclado en las manos del ‘presidente eterno’, pero Duque comenzó pronto a marcar diferencias importantes de estilo. Ha intentado bajar el tono a la extrema polarización política que caracterizó las relaciones Gobierno-oposición durante los ocho años anteriores, y a la que tanto contribuyó Uribe. El resultado más tangible ha sido su aproximación pragmática al desarrollo del acuerdo de paz suscrito con las Farc. También fue notable que tendiera puentes con la oposición para presentar una serie de proyectos contra la corrupción, aunque después los dejara naufragar en el Congreso. La propuesta de su Plan de Desarrollo de consensuar pactos por la equidad, el emprendimiento y la legalidad va en la misma dirección.

Ese tono conciliador molesta mucho al ala dura del uribismo. Quizás por ello, Duque ha hecho concesiones muy significativas a los ‘furibistas’: los ministerios de Defensa y Trabajo y otros nombramientos en posiciones claves de la diplomacia y el proceso de paz. También, la decisión de devolver el manejo de los fondos ganaderos a la cúpula de Fedegán, que si por algo se ha caracterizado, ha sido por sus posiciones extremas en contra del proceso de paz, la restitución de tierras y un desarrollo rural inclusivo. Me temo que el país perderá otra oportunidad valiosa de modernizar el agro mediante la provisión de bienes públicos en el ámbito rural, de democratizar el acceso a la tierra y mejorar la seguridad jurídica para los grandes emprendimientos agro-industriales. Vale decir, de reducir los factores de atraso e inequidad que alimentaron cincuenta años de violencia guerrillera.

Así mismo, fue bienvenido el carácter tecnocrático de los anuncios de política económica y social al comenzar el gobierno Duque. Pero el manejo económico prudente (al intentar cuadrar el círculo de reducir impuestos a las empresas y al mismo tiempo aumentar recaudos para cumplir con la regla fiscal, que se ha convertido en el ancla de nuestra estabilidad macroeconómica) naufragó al chocar con las posturas crecientemente populistas de Uribe, tanto en materia de salarios como de impuestos, como parte de su abierta competencia política con Petro con miras a las próximas elecciones.

La política económica de Duque cada vez se parece más a la de Uribe. La ley de financiamiento significó avances importantes en algunas materias, pero constituyó un notorio retroceso al agravar los desequilibrios fiscales que ya se advertían a partir del 2020 y al establecer múltiples nuevos privilegios tributarios que recuerdan la fe uribista en que con ello se provoca la “confianza inversionista”. Y, como las cuentas no cuadran, se propone ahora vender parte de las acciones de Ecopetrol, como se hizo bajo Uribe. En las actuales circunstancias fiscales, se sacrificaría este valioso activo para cubrir déficits corrientes y no para llevar a cabo un nuevo programa de infraestructura previamente estudiado, como sí se hizo con la venta de Isagén para contribuir al financiamiento del programa de las 4G. Venta que fue tan criticada por Uribe, después de que él intentó y no pudo hacerla sin un propósito claro.

Concuerdo con Roberto Junguito en que al Plan de Desarrollo le falta con urgencia un cuarto pacto, por la estabilidad macroeconómica, sin el cual los otros tres pueden acabar volando en pedazos. Ese pacto tendría que comprometer desde el inicio a las dos cabezas del actual gobierno. Porque la estabilidad de nuestra economía puede terminar siendo la mayor víctima de este novedoso pero riesgoso experimento de un gobierno bicéfalo.

GUILLERMO PERRY

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