De  Elmundo

Los mineros prometieron devolver a Julen y lo han cumplido. Aunque...
Los mineros prometieron devolver a Julen y lo han cumplido. Aunque ahora no les quede sino desolación y fatiga. Vimos cómo les fue creciendo la barba porque ni tiempo para mirarse a un espejo se concedieron mientras la montaña no devolviera al niño. Lo dijo Homero: «Los dioses tejen desgracias para que los hombres tengan algo que cantar». JORGE GUERREROAFP

El periodismo de pasen y vean tiene espectadores impacientes. Están acostumbrados al sentido del ritmo de la televisión, concebido para que nadie tenga tiempo ni de ir a mear mientras le exprimen, para servirla con una sombrillita en el vaso, la pulpa negra de la condición humana. Cualquiera que haya trabajado en televisión sabe que, allí, la gran pasión dominante es el miedo al cambio de canal -el zapping-. Hay que evitar que se aburra en su casa un tipo por el que no se tiene gran consideración intelectual y que fue «empoderado» por el mando a distancia. Por ello, además de insinuar a los colaboradores de televisión que serán más útiles si pierden la dignidad según entran por la puerta, se incurre en la renovación constante, vertiginosa, de la fluorescencia argumental. Porque el espectador se volvió impaciente. Ya otro día les contaré el daño que esto ha hecho a la teoría de cuán largos han de ser los textos y las faldas en la prensa escrita.

Pongamos por caso el del pobre niño Julen. Su drama encaja incluso mejor de lo habitual en una comparación que ya se ha convertido en lugar común: la de la película de Billy Wilder y Kirk DouglasEl gran carnaval, que en inglés, haciendo un juego de palabras con la jerga del póquer, se tituló Ace in the hole: un as en el agujero. Repito, en el agujero. Estalla la noticia de la caída de Julen y hace su aparición el carnaval de la televisión que, en la visión de Billy Wilder, permanece tanto tiempo y atrae a tanta gente que terminan siendo habilitados espacios de acampada, atracciones feriales con noria y todo, y puestos en los que se dispensa comida rápida y chucherías para los niños. Esto ahora es innecesario: la televisión ha logrado que el espectador se quede en casa porque la barraca de feria ya se la meten directamente en el salón.

El suceso del pobre niño Julen es un ejemplo apoteósico de lo que es una gran semana de televisión. Y de prensa, desde luego. Pero, al cabo de unos días a partir del momento en que cayó, nos enfrentaremos a un problema: se está haciendo largo. Una cosa es dosificar las historias para que cundan y otra muy distinta es que éstas se queden atascadas hasta el punto de demorar más de lo adecuado un desenlace para el cual el público ya está emocionalmente preparado. El espectador es impaciente, decíamos. Su capacidad de empatía es limitada. La yema del dedo roza ya el botón del mando a distancia. ¿Qué ocurre entonces?

Ocurre entonces, una vez consumida la primera semana, que la lentitud narrativa es compensada con una repentina proliferación, por los canales putrefactos habituales, de rumores, especulaciones, de historias alternativas. Algunas de las cuales no sólo exponen qué sucedió exactamente ese día horrible, sino que además fabrican un contexto en el que hay de todo: gangsters, drogas, barrios hampones, heridas extrañas, muertes sin aclarar. El niño sigue ahí abajo, en su agujero. O no. Porque ésa es otra: entre las historias alternativas puestas en circulación, acreditadas todas por un primo segundo guardia civil que es quien la ha contado, está la que dice que al pobre niño Julen jamás se lo tragó el pozo y no está allí.

Una madrugada, el desenlace. Aparece el cadáver de Julen. Como una bandada de pájaros al resonar una palmada, los rumores desaparecen, se dispersan. Todo vuelve a concentrarse en lo que es verdad, dolor y esencia: un niño de dos años muerto y unos hombres, mineros, bomberos, sanitarios, guardias, que se desvivieron por él y nos hicieron pensar que el pelotón de Spengler, el que salva Occidente, el que entra en el agujero, no siempre lleva armas. Honor a ellos y que algún dios haya para hacerse cargo de Julen, en cuyo campo de centeno no debió haber pozos.

Deja un comentario