De  El espectador

Después de varias derrotas, en noviembre de 1942, Churchill anunció en el parlamento la primera gran victoria de las fuerzas aliadas contra los alemanes en El Alamein. Pero, para no subir exageradamente las expectativas y para evitar el triunfalismo, advirtió: “esto no es el final, no es ni siquiera el comienzo del final, es quizás el final del comienzo”.

Utilizando este esquema oratorio, quizá, podríamos ser más optimistas sobre el colapso de la dictadura chavista. Después de 20 años, no podemos decir que estemos al final del comienzo de este régimen cruel y maligno. Yo también descartaría que estemos presenciando el comienzo del final. No. Esto ya es el final, debe ser el final. Estamos presenciado los últimos estertores de uno de los regímenes más atroces de la historia de América Latina. Un régimen que ha expulsado a tres millones de sus ciudadanos, ha generado la tasa de homicidios más alta del mundo, una de las hiperinflaciones más grandes jamás conocidas, ha asesinado a manifestantes, ha atiborrado las cárceles de presos políticos, ha eliminado la separación de poderes, ha hecho trampa en las elecciones, ha logrado destruir los mercados y la oferta de los productos y ha renunciado a su soberanía al entregar a Cuba una parte importante del control del Estado. Y también ha acogido y protegido a terroristas colombianos, para solo mencionar sus más notables despropósitos.

Con la caída del régimen y con la restauración de la democracia, tendremos que hacer un profundo examen de cómo un país pudo caer en semejante infierno. Una sociedad es una organización muy compleja, compuesta de relaciones entre sus clases y grupos sociales, poseedora de una cultura con determinados valores y tradiciones, dueña de una sicología que, en mayor y menor medida, la diferencia de otras sociedades y, por supuesto, también dueña de una determinada organización económica. La historia de los países es producto de la interacción de todos esos factores. En este sentido, la economía no lo explica todo, pero sí es importante y, por ello, hay que tenerla en cuenta para analizar el éxito o fracaso de los países.

Mientras el chavismo consideró que el Estado debía controlar la producción y distribución de los productos y servicios, en Colombia, hasta ahora, pensamos que el sector privado y la economía de mercado son más eficientes para asignar los recursos. Mientras en Venezuela fueron los burócratas y militantes quienes decidían qué producir y vender, en Colombia un millón y medio de empresas y comercios, en su mayoría pequeños y medianos, deciden en forma autónoma y sin injerencia de nadie qué insumos comprar, a quién emplear y qué producir. Mientras el régimen chavista creyó que todo debía estar en el Estado, en Colombia creemos en una economía mixta. Pero, quizá, la diferencia crucial radica en el hecho de que en Colombia aún creemos que una economía funciona mejor cuando las decisiones de producir y distribuir las toman personas que arriesgan su patrimonio personal y velan por su adecuada retribución en mercados libres y competitivos. El mercado no es perfecto, pero ayuda a tomar mejores decisiones que las que hacen burócratas y militantes.

Esa es una de las lecciones que tenemos que aprender los colombianos sobre el fracaso descomunal del régimen chavista. Y también estar alertas a sus adláteres entre nosotros, quienes no se resignan a aceptar que ha llegado la hora de su final.

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