De  El espectador

El famoso cascarrillo de « cójanlos, cójanlos” y enseguida “suéltenlos, suéltenlos” parecería aplicarse hoy a los negociadores de la guerrilla, amparados en el olimpo de la revolución socialista. Aunque el asunto no es tan trivial.

Habría que definir primero qué tan aplicables son los acuerdos de un Gobierno anterior que se desarrollen en el siguiente, el cual, cuando fue oposición, los repudió. Pienso que en la sucesión democrática hay algunas cosas que es forzoso respetar. De todos modos, se trata de un mismo Estado y aunque no estamos ante un tratado público, existe un previo acuerdo para conversar entre Gobierno y rebeldes, que apelaron desde siempre al terrorismo. A quienes un hecho más de terror no les altera su condición.

El nuevo Gobierno no negociará más con ellos. Los intestinos de la Nación no digieren esa pócima, al día de hoy. Pero un pacto de caballeros (sin atenernos al rigor de esta palabra) que buscaba una salida pacífica a un estado de violencia, debe cumplirse o deshacerse en los términos previstos. Sigan su camino, no soportamos sus atrocidades y quédense en esa hermosa isla-guarida o regresen a sus refugios, protegidos por los garantes y en los términos convenidos con el anterior Gobierno.

Ahora a todo se le quiere dar el carácter de tratado público, comenzando por simples actos de administración, discrecionales del presidente de turno y siguiendo por compromisos asimilados a contratos que se firman entre los Estados, cuyo contenido fue, por cierto, negado por la voluntad interna del pueblo.

Esto del desmonte de unas conversaciones, como estaba previsto, no tiene, por lo tanto, ese carácter de un acuerdo entre naciones, puesto que eso faltaba, que la rebelión interna constituyera por sí misma un Estado. Pero la honorabilidad del país, montado sobre los errores del pasado, debe, sin embargo, resguardarse y no proceder contra los negociadores, para caerles con ventaja y reducirlos a prisión.

La necesaria paz en un país violento implica hacer enormes concesiones, como es la de tener en la cúspide a personajes que no sólo no merecen estar ahí, sino que desde la ilegalidad y la barbarie lleguen a conducir el Estado, en medio del concurso honorable de las Naciones. Hay quienes no aceptan esto.

Hoy por hoy mejor sería no actuar con ventaja sobre actores que están a la mano (aunque de hecho no lo están), y dejarlos ir para combatirlos luego, ya que el anterior Gobierno empezó a negociar con ellos, a sabiendas de su condición.

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Lamentable decisión del diario El Tiempo de retirar a su columnista Saúl Hernández, gestor de opinión discrepante y sensata. Muy reconfortante, en cambio, la reanudación de la columnista Salud Hernández, así esto suene a un juego de palabras.

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